domingo, 15 de marzo de 2015

AUSENCIAS



La última entrada, es del 2 de diciembre del año pasado. Más de tres meses.

Hablaba allí del último cuadro que he pintado hasta ahora. El retrato de una amiga, joven madre con su hijo, casi recién nacido. De un extremo a otro. Ayer me desperté con la noticia de la muerte de Marisa Díez de la Fuente.

No me gustan las necrológicas, si no estoy equivocado, desde el inicio de este blog, sólo he hablado de una persona desaparecida, el gran amigo Manuel de Solà-Morales.

Debí conocer a Marisa a principios de los ochenta, mi primera exposición en su galería fue en 1982.

Desde entonces y hasta principios de los noventa, hubo una relación que fue mucho más allá, de lo que se puede imaginar entre una galerista y un artista.

Pero Marisa no era exactamente una galerista, era bastante más que eso. Creaba con sus "artistas" un vínculo de amistad de colaboración. Algo para valorar enormemente. No puedo hablar de la experiencia de los demás pero si de la mía. La Ciento era como una prolongación del estudio. Marisa siempre estaba allí, nunca estaba, para los que trabajamos con ella, ni "reunida" ni "había salido". Cuantas veces luego he oído esas frases.

Visitaba con frecuencia el estudio, sus comentarios siempre eran respetuosos y acertados, nunca que recuerde salió ni una sola palabra inquisitiva, crítica, ni siquiera orientativa, Comíamos a menudo, en el entonces magnífico Madrid-Barcelona, en esos encuentros llegaban, no sólo comentarios sobre el trabajo, sino también confidencias personales.
Hicimos juntos viajes, Recuerdo con especial cariño dos, uno a Groningen, otro a Friburgo, dónde compartimos estancia con los queridos amigos señores Becker y con Friedel Brüggemann.

Un aluvión de recuerdos. He abierto carpetas, largo tiempo olvidadas, para encontrar imágenes, rememorar hechos. He escogido la polaroid que abre estas líneas porque se nos ve a los tres, Marisa, Nuria y yo felices. Está tomada frente al Mar del Norte, en Holanda, en 1990.

Ayer, día de la noticia, fue un día lluvioso, desapacible, fue desapacible también para mi. Todo un pasado, hasta cierto punto, omitido, surgió de repente en tromba. Me afectó mucho más de lo que hubiese podido imaginar. He escrito estas líneas todavía bajo sus efectos.

Esta es mi particular despedida de alguien que quiso compartir conmigo como se fue conformando una obra durante más de una década. Nunca he encontrado nada igual. Quizá exista, pero no he dado con ello.


Ha habido otra desaparición reciente, Maria Girona. Quienes me conocen saben que siempre defendí su trabajo. Es una vergüenza para esta ciudad, el poco reconocimiento que se le ha rendido.
Acostumbro a decir que para medir la importancia, la calidad, de una obra, uno se debe responder a la pregunta ¿conviviría con ella? Mi respuesta sobre la de Maria Girona, era si, siempre. Cuando nos veíamos hablábamos de intercambiar algún cuadro, por desgracia no lo llegamos a hacer.

Ella y Albert Ràfols-Casamada, fueron los únicos que compartieron con nuestros padres y hermanos, la comida que siguió a la boda civil del que escribe con Nuria, el lejano 1968, de la que además fueron padrinos.

Ausencias que, no por anunciadas, han sido menos sentidas.

Espero, a partir de ahora, reanudar la actividad en este blog, después de esta larga interrupción.



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