viernes, 21 de marzo de 2014

Sobre Nymphomaniac o La oreja de Lars von Trier

Fialetti, Oídos, 1608

Desde hace mucho tiempo vengo insistiendo en que el cine es donde se dirimen las cuestiones estéticas y morales ahora mismo y casi desde sus inicios.

Afortunadamente van apareciendo títulos que confirman esta hipótesis. Muy pocas veces, por no decir nunca, una exposición de arte actual me ha conmovido o me ha conducido a reflexionar como algunos de los films que he ido viendo. La vida de Pi, El árbol de la vida, La gran belleza, Joven y bonita, La Venus de las pieles, etc.

No entiendo como Nimphomaniac no ha llegado a crear un debate en torno a la cantidad de ricas sugerencias que contiene.
Posiblemente debamos esperar a la versión definitiva del director para poder opinar con más propiedad, parece que falta una hora o más. Pero, aún así, es un film que considera al posible espectador como inteligente, diría que le ofrece un apetitoso menú.

Me fascina la figura del padre y su enseñanza del nombre de los árboles, en especial del fresno y del roble, cómo no podía ser de otro modo. El aroma de cuestiones mitológicas aparece aquí con fuerza; como en el interés por la pesca. Árboles y peces son elementos simbólicamente privilegiados. Entre paréntesis, el capítulo de la muerte del padre es una de las aproximaciones a la cuestión de la muerte -en el cine- que más me ha impactado.

De hecho Joe no busca sino la vida frente a la muerte. No busca la satisfacción sexual sino "estar viva". De ahí su encuentro con el sadomasoquismo.
Voy a empezar por ahí, porqué me parece uno de los puntos culminantes de toda la película. Quizá porque la búsqueda del propio director es la misma que la de la protagonista. De hecho el acto de creación debe asumir lo que voy a señalar a continuación.
Para entender esto de una manera sencilla recomiendo un libro: Una defensa del masoquismo de Anita Phillips. Una mujer, y esto es importante, busca en la sumisión, el sentido de la vida frente a la muerte.
Sólo un apunte del libro: El hallazgo del masoquista es el intento de captar -con la imaginación-, de sufrir pasivamente -con el cuerpo y la voluntad- la transición entre la vida y la muerte.
No hay duda que el acto mismo de la flagelación está lleno de complejos contenidos, en ocasiones contradictorios, y que en ellos cabe el erotismo. Otro libro para completar la lectura del hecho: Nuestro lado oscuro, de Élisabeth Roudinesco.  En la página 32 hay un extenso razonamiento sobre la flagelación y su relación con el erotismo. También Anita Phillips dedica largas reflexiones sobre esta cuestión en su ensayo.

Me voy a permitir unas digresiones, citar un film anterior de Catherine Breillat, otra mujer, Romance X, en el que la protagonista recorre un camino similar al de Joe: una sesión de sadomasoquismo, le hace descubrir el sentido que está buscando, que no ha encontrado en la sexualidad, digamos ortodoxa; y aún más, las magníficas fotografías de Francesca Woodman... y podríamos seguir sin entrar en la literatura canónica sobre el tema, en muchas ocasiones también escrita por mujeres.

Lars von Trier ofrece una visión de la cuestión casi clínica, el lugar de las sesiones parece una anodina oficina, huyendo de la iconografía habitual, y aún matizaría: la consulta de un médico, en cuya antesala aguardan otras pacientes. Puede que ello tenga que ver con el concepto de curación.

Por otra parte el film está lleno de referencias cinematográficas, por ejemplo, el uso del Waltz de Shostakovich, para ilustrar el turbador episodio de las niñas en el cuarto de baño, o la sucesión de primeros planos de penes... ¿un guiño al Kubrick de Eyes Wide Shut?

Pero, siempre hay un pero, Nymphomaniac me parece irregular, imperfecta como la oreja de L, el personaje femenino que tiene que sustituir a Joe en su desagradable trabajo. Por ejemplo, el final lo encuentro innecesario, creo que hubiese sido mejor cortar cuando Joe dice "tengo ganas de dormir", puede que la imperfección sea algo querido por el director, de ahí el énfasis en el defecto de la oreja.

Hay tantas cosas en la película que me he detenido en unos pocos aspectos, cortas pinceladas que procuraré continuar. Al fin mi modo de pintar también es éste, insistir en las pinceladas breves...

Anita Phillips. Una defensa del masoquismo. Alba Editorial. Barcelona, 1998
Élisabeth Roudinesco. Nuestro lado oscuro. Anagrama. Barcelona, 2009
Francesca Woodman. Actes Sud. París, 1998


viernes, 28 de febrero de 2014

Libros amigos: una trilogía imprescindible




Tengo la sensación, por  las cosas que están pasando, por opiniones que se están vertiendo, que se está produciendo un olvido general de nuestra historia más reciente. Me refiero al tiempo que va desde principios del siglo XX hasta ahora. Es evidente que los momentos más traumáticos de ese período, que duda cabe, fueron la Guerra Civil y los años siniestros de la dictadura franquista.

El historiador, y gran amigo, Gabriele Ranzato, ha escrito tres libros iluminadores sobre la guerra, sus antecedentes, y sus secuelas en la España democrática.

Acabo de leer el último El gran miedo de 1936 que trata de los últimos meses de la República, los del gobierno del Frente Popular. No por sospechados, o más o menos sabidos, los acontecimientos narrados son desasosegantes, sugieren, siempre contrastados historiográficamente, que el gran trauma fue prácticamente inevitable, o, cuando menos, difícilmente evitable. Un clima dominado por un enfrentamiento sordo a las necesidades de la población, condujo a un escenario en el que las declaraciones, los discursos, de unos y otros presagiaban lo peor, un clima que pronto se trasladó a la calle, creando una situación a la que nadie quería, o podía, poner remedio.

No sólo recomiendo la lectura de estos tres libros por su categoría de ensayo histórico, casi incontestable, sino también por la calidad de su escritura. Leí El gran miedo de 1936 de un tirón, sin poder abandonar su lectura. Un gran trabajo de un italiano que deberíamos agradecer los españoles.

El eclipse de la democracia. La Guerra Civil española y sus orígenes, 1931-1939.
Siglo XXI, Madrid, 2006
El pasado de bronce. La herencia de la la Guerra Civil en la España democrática.
Destino, Barcelona, 2006
El gran miedo de 1936. Cómo España se precipitó en la Guerra Civil.
La Esfera de los Libros, Madrid 2014

jueves, 13 de febrero de 2014

El color - 2

Hace unas semanas puse una entrada sobre el color. Hablaba allí del carácter intuitivo de su utilización. ¿Cómo dejar que esa intuición surja?

Puede aparecer a través de diversos estímulos; alguno interiores, mentales, otros exteriores, visuales.

Joseph Campbell en su tetralogía Las máscaras de Dios, compara la relación de un pintor con los colores y los materiales de su paleta y de su estudio con el alquimista  que proyectaba asociaciones psicológicas de las que no era plenamente consciente y sobre las que no tenía un control absoluto.

No sé si la relación entre una cosa y otra es plausible -es la opinión de Campbell-, pero lo cierto es que el entorno del estudio, y, en especial, las paletas sugieren combinaciones de colores. No hace falta fijarse demasiado, están ahí y, a veces, "hablan"

A continuación algunas imágenes de "paletas". En realidad son humildes platos de plástico que utilizo para mezclar las acuarelas y que voy conservando durante un tiempo...



















miércoles, 29 de enero de 2014

La Gran Belleza: una película de agua y tabaco


He de confesar que la primera vez que vi La Gran Belleza, más bien me irritó. Mucho ruido, algo de pedantería y demasiadas contradicciones.

Lo intenté otra vez con resultados parecidos. La he visto una tercera vez, con reposo y buen estado de ánimo.
Puede que me irritara porque en el fondo Jep Gambardella no quiere escribir más por causa de estar herido por una epifanía primigenia, una contemplación de la belleza real de Elisa.

A partir de ahí todo es imposible. Jep ve con gran ironía su libro -El aparato humano- y concluye que nada hay que estimule la creación.
Pero el film va por otro lado, explora la belleza y casi paralelamente la Verdad. Verdad y Belleza inseparables.
Ahí empiezan para mí, las dudas, las paradojas. Por un lado la inaccesibilidad, por el otro la lucha para conseguirla. Imposible  aprehensión de la belleza, pero también de la felicidad, de la ausencia de dolor. Amor imposible de Elisa y Jep. Intento quimérico de intuir algo más allá de la vida, de vivir conscientemente el devenir del tiempo, patético intento del personaje que se hace una fotografía cada día. La religión no tiene respuestas, nadie las tiene y aún menos el llamado arte contemporáneo, aquí Sorrentino se vuelve mordaz en los casi divertidos episodios de la performer y la niña "pintora" -sobre esto último volveré.

Pero hay, dice Jep, al final, "demacrados, imposibles, destellos de belleza". La películas los tiene, de modo especial cuando aparece el agua, un tema aparte dentro de la narración, el agua que nos conduce desde el principio, fuentes, río, mar, el techo de la habitación; o lo que llamaría "momentos mágicos", puede que propiciados por la nicotina, compañera inseparable de Jep: la monja que subida a una escalera accede a la copa de un árbol, primero visión alquímica, Poussin y Balthus, luego, el encuentro con Madame Ardant, el espacio onírico, fuera del tiempo, de la cafetería, la jirafa en las Termas de Caracalla... Jep fuma y entorna los ojos...

Pero hay más, el viaje nostálgico al pasado clásico que se inicia en "il buco della serratura" en el Aventino... un recorrido con trampa, los museos de Roma se convierten en moradas de viejas princesas... Mirada irónica de la Fornarina, por si alguien que no sea romano no se hubiese dado cuenta.
La trampa, el truco, todo es un truco, pero ¿la película también es un truco?
Diría que no, Sorrentino mismo, creo que se da cuenta de que como, cuando se cita a Flaubert, no se puede construir sobre la nada, pero en La Gran Belleza, hay algo más que la nada, hay un intento de construcción narrativa que nos va a zarandear desde el caos de la primera fiesta, amasijo de movimientos y sonidos sincopados, hasta el reposo de la contemplación del arte clásico, una sacudida que a veces se convierte en un estremecimiento.
Quizá todo sea el bla, bla, bla, que Jep repite más de una vez, pero hay un final redentor, puede que empiece a escribir de nuevo.

Sigo con mis dudas, pero tengo que convenir que hay algo de fascinación, algo que me ha conducido a ver tres veces este film, quizá porque la Belleza es para mí el punto principal del que el arte contemporáneo se ha querido deshacer, y que Sorrentino ha puesto en primer plano de nuevo. Con todas mis incertidumbres, es algo que me ha sucedido en muy pocas ocasiones... Puede que incluso la vuelva a ver. No puedo negar que tiene una cualidad que sólo posee el gran arte, cada nueva visión, al menos por ahora me ha aportado cosas distintas, matices inesperados... me gustaría que fuese así y que, finalmente, el Gran Truco no existiese.

Adenda
Sobre la niña pintora. Hace años a finales de los ochenta, asistí a un encuentro propiciado por Anthony Caro, en el que se trataba de poner en contacto artistas anglosajones con locales: "Art Triangle" que tuvo lugar en las ruinas de la Casa de la Caridad, en Barcelona. Allí uno de los visitantes trabajaba exactamente igual que la niña de la película. Se hizo rodear por un círculo de telas e iba arrojando pintura indiscriminadamente sobre los lienzos. Luego recortaba los fragmentos que le parecían interesantes. El resultado final era casi idéntico a la obra final de la pobre niña que quiere jugar e irse a dormir.

Sobre la Belleza. En este blog he escrito algunas reflexiones sobre la cuestión, especialmente a partir del extraordinario libro de François Cheng "Cinco meditaciones sobre la belleza". Ver "Notas-1", "Notas-2", "Notas-3" y "Lecturas veraniegas-4". Se puede acceder a ellas a través del buscador situado en la parte superior izquierda del blog.


lunes, 25 de noviembre de 2013

EL COLOR - 1

Esta entrada está dirigida especialmente a aquellas personas que estos últimos años han acudido a los talleres que se han ido realizando en mi estudio.

Introduzco aquí la cuestión del color, un tema que ha ido apareciendo con una cierta asiduidad.

Muchas veces en los talleres, y fuera de ellos, me han preguntado sobre mi relación con el color. 
Siempre he respondido del mismo modo: no creo en ninguna de las teorías que se han elaborado sobre tal cosa. Ni Goethe, ni Wittgenstein, ni Ruge, ni Albers, ni ningún otro, han dicho nada definitivo. Aunque de ellos se pueden extraer ideas y conceptos interesantes, útiles.
Tampoco, evidentemente, se pueden tener demasiado en cuenta, lecturas simbólicas. Oscilan, incluso de modo antitético, de una cultura a otra. Por poner un ejemplo, el negro o el verde, puede simbolizar la vida o la muerte, depende de dónde y de cuando; así prácticamente todos los colores.

¿Qué hacer pues? Existe, al menos, un referente, la propia naturaleza, en donde los colores parecen observar un comportamiento casi siempre armónico. Pero, al menos para mí, no es suficiente. Creo que existe una experiencia interna del color. Una experiencia personal. Siento, cuando estoy trabajando, que un color debe ponerse en contacto con otro. Imagino que como cuando un poeta necesita que una palabra llame a otra, o como cuando Mozart dijo "busco notas que se amen". Esto me parece una dirección plausible.

A continuación unas imágenes de pequeños problemas que me pongo a mí mismo. Si alguien de quienes han asistido a los talleres les apetece ponerse problemas similares, adelante, es de una gran utilidad. Podríamos establecer un feedback. También vale para quienes no han asistido y les gusta la idea.

Volveré sobre el color y otros temas que hemos trabajado conjuntamente. 










viernes, 15 de noviembre de 2013

OTOÑO, EN EL NUEVO ESTUDIO

Ayer apareció en "La Contra" de La Vanguardia una entrevista con Terry Harting, un investigador de psicología ambiental. Es una recomendable página.

Explica los problemas de estar trabajando en un ambiente cerrado, sin comunicación con la naturaleza. Mi anterior estudio era así. No veía absolutamente nada del exterior. Fue ahí donde se produjo el proceso de aparición de la figuración.

En mi nuevo estudio el panorama ha cambiado por completo. Veo el pequeño jardín de casa, pequeño pero alberga dos grandes árboles, una magnolia y una jacaranda. En un espacio vecino otros árboles de hoja caduca han llenado el suelo de hojas amarillas. La falsa vid que se enreda por la pared de la casa se empieza a irisar de tonos tierras, naranjas, rojos... Cada mañana antes de ponerme a trabajar doy un pequeño paseo por él.

Me pregunto si esto va a influir en mi trabajo...

Terry Harting habla también de los efectos de pasear por un jardín, de ver árboles. Hace pocos días estuve en Valladolid, donde di largos paseos por las arboladas orillas del río Pisuerga. La experiencia de paz, de serenidad, sentidas en ese caminar van a quedar en mi memoria de modo indeleble.

Algunas fotos del jardín hechas hoy mismo, y algunas de las primeras acuarelas realizadas en el nuevo estudio...








domingo, 3 de noviembre de 2013

LIBROS AMIGOS: DORA MAAR, de Victoria Combalía


Hace algún tiempo un librero amigo se quejaba de la ingente cantidad de libros que se llegaban a publicar en España durante un año. Si no recuerdo mal la cifra era de unos 70.000 títulos. Lo peor de todo es que la mayoría no tenían gran interés, por no decir ninguno.

Pero de vez en cuando aparece un volumen que justifica del todo su publicación: "Dora Maar" de Victoria Combalía.

Es un libro laberinto, se va desarrollando como un fractal, es decir unos personajes te conducen a otros que a su vez te llevan a otros, y así el texto se convierte casi en una novela de intriga.

La autora, a partir de unas conversaciones telefónicas con Dora Maar, ha reconstruido una parte del fascinante París de los treinta y los cuarenta.

Todo parece una obra de teatro en la que los protagonistas van interpretando los papeles asignados, en ocasiones por ellos mismos, en ocasiones claramente influenciados por grupos, que, a veces, se comportaban como si de una secta se tratase.

Dora Maar se encontró en el ojo de ese huracán, además con un guía que mantenía distancias con todos excepto con él mismo.

Hay en el libro un enorme trabajo de investigación que lo hace imprescindible para acercarse a ese período, que veo con simpatía, pero con mucha distancia.

Una de las cosas que más han contribuido a mi distanciamiento ha sido una reveladora confesión de Man Ray, en su libro "Autorretrato". En 1952 pintó un cuadro que reproducía, de un modo muy tradicional, una calle. El autor parece obligado a justificarse por ello y dice: " ¿Por qué había pintado un cuadro así? Sencillamente, dije, porque se suponía que no debía hacerlo -observé que alguno de mis contemporáneos sentían la misma urgencia por pintar un cuadro así, pero no se atrevían-."

En fin, un libro necesario para comprender como se desarrolló parte del arte del siglo XX, y las contradictorias relaciones de Dora Maar con su entorno y, especialmente, con Picasso, que parece seguir proyectando su agresiva sombra sobre todo y sobre todos...